Cuando la IA promete todas las respuestas: ¿Qué lugar queda para la colaboración pública?
Reflexiones desde el III Congreso Internacional de Innovación en Administración Pública en Bogotá, Colombia.
En noviembre participé en el III Congreso Internacional de Innovación en Administración Pública, organizado por la ESAP y UNODC en Bogotá. El encuentro estuvo atravesado por una premisa que hoy domina buena parte del debate público: más tecnología —automatización, modelos predictivos, inteligencia artificial (IA)— equivale automáticamente a más capacidad estatal. Ese supuesto orientó muchas de las discusiones sobre el futuro del Estado.
El programa reunió a ministerios, organismos multilaterales, escuelas públicas y equipos de gobierno de la región. En paralelo, la ESAP, con su presencia territorial distribuida en Colombia, recordaba un hecho simple pero decisivo: ninguna política tecnológica prospera si ignora la diversidad institucional y territorial del país. La tecnología puede estandarizar procesos; no puede reemplazar completamente la comprensión de lo local.
En ese contexto, mi intervención se centró en una pregunta que me aparecía una y otra vez mientras presenciaba los paneles sobre ética en IA, redes de innovación y transparencia estatal: ¿qué lugar ocupan las personas —y su capacidad de colaborar— en un debate en el que la tecnología promete resolverlo todo?
Llegar a un congreso dedicado a la IA para hablar de colaboración podía parecer anacrónico. La mayoría de las ponencias giraba en torno a datos, automatización, ética y ciberseguridad. Sin embargo, incluso en escenarios de alta adopción tecnológica, el valor público sigue dependiendo de algo que ninguna herramienta digital puede reemplazar: cómo se delibera, cómo se definen prioridades y cómo se coordinan actores con intereses distintos. La tecnología amplifica operaciones; las instituciones, las personas y sus prácticas colectivas definen el propósito.
La cuestión no es oponer IA y colaboración, sino entender qué tipo de capacidad humana queremos fortalecer mediante la tecnología. Y ese es un debate institucional, no solo técnico.
Ese mismo espíritu de colaboración es el que moviliza el Mapa de Diseño Público de América Latina. Si eres parte del ecosistema de innovación, no olvides sumarte respondiendo la encuesta en el siguiente enlace:
Ecosistemas de colaboración y mecanismos de innovación abierta
Un aprendizaje consistente en UNIT ha sido que los ecosistemas de innovación pública no emergen espontáneamente. No aparecen por afinidad, ni por instalar nuevas herramientas digitales, ni por declarar disposiciones al trabajo conjunto. Un ecosistema existe cuando las capacidades distribuidas pueden encontrarse, deliberar y orientarse hacia un propósito común. Y eso requiere diseño institucional.
Los mecanismos de innovación colaborativa —concursos de innovación abierta y, mesas de co-diseño— cumplen justamente esa función. No se limitan a recolectar ideas: estructuran el encuentro entre personas y organizaciones que, de otro modo, no interactuarían, permiten contrastar experiencias, ponen en evidencia tensiones, y generan algo que ninguna IA puede producir por sí sola: confianza pública.
¿Por qué funcionan? Porque obligan a precisar qué entendemos por innovación. En UNIT utilizamos una definición operativa: innovación es generar ideas nuevas, útiles para las personas e implementadas en la realidad. No es un eslogan, sino un criterio orientador. Si la idea no es nueva, el cambio se diluye. Si no es útil, pierde sentido social. Si no se implementa, queda atrapada en diagnósticos estériles.
Esta definición permite que actores distintos —equipos técnicos, comunidades, universidades, gobiernos locales— se alineen en torno a una pregunta compartida: qué debe ocurrir para que una idea útil se convierta efectivamente en una política, un servicio o una práctica institucional. La respuesta nunca proviene de un único actor. Surge de la interacción entre inteligencias situadas, experticias profesionales y aprendizajes colectivos.
Desde esta perspectiva, la conversación sobre IA cambia de escala. No se trata de contraponer capacidades humanas y técnicas, sino de comprender cómo se articulan. La tecnología procesa patrones y amplía operaciones; las personas interpretan conflictos, ponderan dilemas y orientan decisiones hacia el valor público. La innovación ocurre en esa intersección.
Por qué la colaboración sigue siendo irremplazable
Una actividad del Congreso lo mostró con claridad. En el Desafío de las inteligencias, coordinado por Andrés Mateus, se compararon respuestas elaboradas por IA generativa (ChatGPT y NotebookLM), expertos y más de doscientas personas de la ESAP ante una pregunta vinculada a decisiones en política pública y otra sobre educación. La audiencia eligió para la primera la respuesta humana experta y luego la colectiva.
La IA ofrecía síntesis; las personas ofrecían criterio. Situaban el problema, explicitaban tensiones y conectaban la pregunta con la realidad institucional. Esa capacidad de contextualizar —individual y colectivamente— sigue siendo irremplazable cuando hablamos de orientar decisiones públicas.
Por eso, defender concursos, laboratorios o redes no es defender metodologías, sino infraestructuras que permiten que la inteligencia colectiva emerja y complemente —en lugar de sustituir— a la tecnología.
El punto ciego del Estado
En los últimos años he trabajado en mecanismos que buscan orquestar ecosistemas de innovación pública. Uno de los más potentes son los concursos de innovación abierta. Aunque suelen verse como ejercicios participativos, en realidad funcionan como infraestructuras de política pública: permiten encontrar soluciones a problemas complejos, activar conocimientos locales, movilizar nuevos actores y fortalecer relaciones entre instituciones.
Pero su aporte decisivo es otro: obligan al Estado a suspender la tentación de definir la solución antes de entender el problema. Un concurso abre la conversación más allá de los círculos habituales y corrige un sesgo profundo de nuestras instituciones: partir de la respuesta y no de la pregunta.
La IA puede procesar millones de datos, pero no puede ampliar por sí sola los límites de la conversación pública. La innovación ocurre en esos bordes donde emergen actores y perspectivas que no estaban en el mapa inicial. La colaboración no es un adorno “blando” de la IA; es la condición que permite convertir tecnología en valor público.
Un futuro compartido entre IA y colaboración
La lección del Congreso es simple: el futuro de la innovación pública dependerá de la convergencia entre capacidades tecnológicas y capacidades humanas. La IA puede ampliar operaciones, pero su orientación sigue dependiendo de prácticas humanas esenciales: deliberar, priorizar, coordinar.
Los mecanismos de colaboración —concursos, laboratorios, redes— actúan como infraestructuras críticas para esa convergencia. Donde existen, la IA deja de ser abstracta y se integra en misiones públicas concretas: mejorar servicios, fortalecer la transparencia, coordinar actores.
La pregunta ya no es si la tecnología transformará al Estado, sino quién orienta esa transformación y con qué criterios. Sin colaboración, la tecnología produce eficiencia sin aprendizaje institucional; con ecosistemas robustos de inteligencia colectiva, produce capacidad estratégica.

Reflexiones finales: tecnología, colaboración y propósito público
Al volver de Bogotá, las preguntas que motivaron mi intervención no desaparecieron; más bien adquirieron una forma más precisa. ¿Cómo queremos que las tecnologías emergentes contribuyan a la construcción de valor público? ¿Qué capacidades humanas debemos fortalecer para que esa contribución sea real y no un espejismo de modernización?
Mi posición es colaborar. Sí, necesitamos impulsar el desarrollo tecnológico y el uso responsable de IA y automatización en el Estado. Estas herramientas permiten gestionar mejor la información, diseñar políticas más precisas, reducir tiempos y costos, y liberar capacidades institucionales para tareas que requieren criterio y sensibilidad.
Pero eso no basta. Ninguna tecnología —por avanzada que sea— puede sustituir el trabajo de escuchar, formular buenas preguntas, construir confianza y abrir la conversación pública a quienes históricamente no han sido parte de ella. La inteligencia artificial puede identificar patrones; la inteligencia colectiva puede redefinir el propósito.
Por eso, mecanismos como los concursos de innovación abierta, los laboratorios públicos y las redes de colaboración interinstitucional no son accesorios metodológicos: son los espacios donde se fortalece la agencia humana que orienta el uso de la tecnología. Son, en la práctica, la garantía de que la modernización no se limite a digitalizar trámites, sino que transforme instituciones.
Porque la pregunta de fondo no es si la tecnología transformará al Estado. La pregunta es qué tipo de Estado queremos construir con ella. Y en esa construcción, la colaboración entre personas —en toda su diversidad, experiencia y capacidad de juicio— seguirá siendo insustituible.




