Cuando simplificar empeora el problema
Conversaciones de Innovación para América Latina – Capítulo 1: Jeannette von Wolfersdorff.
Conversaciones de Innovación para América Latina es una serie especial del podcast Futuro Público, en colaboración con UNIT, en la que exploramos cómo el diseño puede ayudarnos a enfrentar los desafíos de nuestras ciudades, instituciones y la vida colectiva en la región, en contextos de creciente complejidad. En este capítulo, conversamos con Jeannette von Wolfersdorff.
¿Qué hacer cuando un sistema no funciona? Ante fallas repetidas, la respuesta habitual de nuestros marcos institucionales es simplificar: menos reglas, menos actores, menos fricción. Es una intuición tan poderosa como equívoca, porque en sistemas complejos, la simplificación excesiva suele empeorar el problema. ¿Cómo, entonces, enfrentar la complejidad que define muchos de los desafíos públicos contemporáneos?
Con esa pregunta arranca la serie de podcast Conversaciones de Innovación para América Latina, que, a lo largo de cinco capítulos, reúne voces del pensamiento público contemporáneo para abordar temas que van desde los sistemas y la seguridad ciudadana hasta las burocracias, la innovación y los futuros posibles de la región.
Este primer episodio abre con una conversación entre Ángela Galeano y Jeannette von Wolfersdorff —economista, co-fundadora del Observatorio Fiscal, primera mujer en integrar el directorio de la Bolsa de Comercio de Santiago y autora de La fascinante complejidad de nuestros sistemas (2025, Penguin Random House)— sobre una idea incómoda para el diseño de lo público: la complejidad no es el obstáculo, sino la condición que permite que un sistema aprenda.
Un desajuste que viene de lejos
Jeannette parte de una observación estructural. Si los marcos institucionales del Estado fallan hoy persistentemente frente a los desafíos de la organización de los mercados, el medio ambiente, o la gestión pública, es porque se rigen por un esquema inadecuado, obsoleto. Las instituciones del Estado siguen obedeciendo, en gran parte, a la filosofía de Montesquieu —un modelo pensado a mediados del siglo XVIII, un mundo preindustrial de mucha menor complejidad. Seguimos gobernando con arquitecturas institucionales diseñadas para un mundo lineal, mientras operamos en sistemas interdependientes y no predecibles. ¿Cómo tiene que evolucionar el Estado en un entorno de mayor complejidad?
Hoy las leyes llegan tarde, acumulándose en capas que no logran adaptarse. Con el tiempo, la regulación tiende a responder a configuraciones pasadas del sistema, no al comportamiento y la experiencia actual de aquellos que constituyen la razón de ser de la regulación. Jeannette lo ilustra con un ejemplo concreto: si un gobierno quiere que la población se alimente mejor y crea impuestos sobre el azúcar o las grasas, podría enfrentar un resultado inesperado —que las personas sustituyan esos estímulos de dopamina por otros como el alcohol o el tabaco. La regla suena óptima, pero el sistema reacciona de formas que el regulador no anticipó. Si las leyes llegan tarde, es porque la complejidad no se gobierna ni se gestiona con leyes que no se adaptan a las conexiones del sistema, que desoyen las respuestas y las motivaciones de aquellos a quienes se aplican.
En 1968, el matemático Dietrich Braess demostró algo que parecía absurdo: agregar una nueva calle a una red vial podía empeorar el tráfico para todos los conductores. No por un error de construcción, sino porque cada conductor, buscando su ruta más rápida de forma individual, terminaba congestionando el sistema en conjunto. El Earth Day de Nueva York lo confirmó en la práctica: cuando cerraron una calle para una actividad pública, el tráfico de la zona mejoró inesperadamente. La paradoja de Braess muestra que en sistemas donde muchos actores interactúan simultáneamente, añadir capacidad puede deteriorar el resultado. Lo mismo aparece en redes eléctricas, en políticas de salud y en la regulación de mercados.
Entender la lógica, no la cantidad de las regulaciones
Mucho de la discusión sobre regulación suele centrarse sobre su número. Jeannette desplaza la pregunta hacia su diseño, que pasa por una inteligencia de la complejidad del sistema (inteligencia de la interacción de las partes, no de cada parte por separado). En ese sentido, Jeannette menciona la “Ley de Variedad Requerida” que el cibernético Ross Ashby planteó en los años 60, según la cual la regulación de un sistema debe responder a la variedad que genera el sistema. Un regulador demasiado simple frente a un sistema complejo siempre llegará tarde.
Si la sociedad se vuelve más diversa, más interconectada y más veloz, el Estado necesita una capacidad de respuesta equivalente. No más burocracia, sino instituciones más adaptables. Jeannette es enfática: desburocratizar no es lo mismo que desregular. La mayor complejidad puede demandar más reglas, pero reglas que se ajusten continuamente, que se eliminen cuando dejan de servir a los objetivos del sistema.
El desarrollo de la inteligencia artificial vuelve visible esta tensión. Será imposible, argumenta Jeannette, tener un parlamento que cree reglas específicas para la IA. Lo que la deliberación democrática debería definir son los objetivos —qué se busca y qué se quiere evitar—, mientras que las reglas precisas, los incentivos y las sanciones, deberían diseñarse desde agencias especializadas, autónomas, con cuerpos colegiados y mecanismos de rendición de cuentas. La invitación es una articulación entre lo privado y lo público, entre empresa y Estado, experto y ciudadano, una conversación estructural sin miedo entre distintos conocimientos, entre ciencias sociales y matemáticas que está empezando.
Una pregunta para América Latina
En la región, esta brecha adquiere especial relevancia. Frente a los desafíos que se comportan como sistemas —seguridad, migración, cambio climático, desigualdad—, intervenciones institucionales que siguen lógicas sectoriales parecen encaminadas a limitaciones y efectos imprevistos que no debemos desconocer. La fragmentación institucional expresa una dificultad de diseño, y el debate entre desregular o aumentar la regulación deja en segundo plano la pregunta más estructural: ¿tiene el regulador la capacidad necesaria frente a la complejidad de los problemas que enfrenta?
«Toda la inteligencia, toda la belleza, todo lo que nos fascina», plantea Jeannette von Wolfersdorff, radica «en dinámicas complejas de sistemas complejos» .
Se trata, en suma, de una invitación a mirar los desafíos contemporáneos en gobernanza y regulación desde una nueva perspectiva: una que le haga justicia a la complejidad propia e ineludible de nuestras estructuras de colaboración social. Su apuesta es que la ciencia de la complejidad promete ahí jugar un rol clave, ofreciendo herramientas y formas de articulación intersectorial que haga de la frustración fascinación, y de la fascinación capacidad adaptativa y deliberativa para el diseño de lo público. Esa es exactamente la pregunta que mueve el trabajo de UNIT: cómo diseñar infraestructuras de colaboración que permitan a las instituciones públicas operar a la escala de los problemas que enfrentan. No simplificar la realidad para que quepa en el organigrama, sino construir capacidades —de coordinación, de aprendizaje, de gobernanza— que puedan responder a sistemas que cambian más rápido que las reglas que los regulan. Lo que Jeannette describe desde la teoría de sistemas complejos, UNIT lo aborda desde el Diseño Público: la transformación de lo público es un problema de diseño, no sólo de voluntad política.

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