Hacer visible el diseño público en América Latina
Conversaciones de Innovación para América Latina – Capítulo 4: Sofía Bosch
Conversaciones de Innovación para América Latina es una serie especial del podcast Futuro Público, en colaboración con UNIT, en la que exploramos cómo el diseño puede ayudarnos a enfrentar los desafíos de nuestras ciudades, instituciones y la vida colectiva en la región, en contextos de creciente complejidad. En este capítulo, conversamos con Sofía Bosch, profesora e investigadora en diseño público en Northeastern University.
Sofía Bosch Gómez, además, es fundadora del Public Design Collective, iniciativa que investiga el diseño público en Latinoamérica. En este capítulo, Ángela Galeano habla con Sofía sobre su trayectoria y el trabajo detrás del Mapa de Diseño Público, un proyecto liderado por UNIT en alianza con el Public Design Collective, que visibiliza y conecta el trabajo de quienes practican el diseño público en la región.
Durante años, quienes trabajaban en innovación pública en América Latina hablaban de “innovación pública”, de “diseño de/para políticas públicas”, del policy design anglosajón, sin un nombre propio para lo que hacían. Para Sofía Bosch, esa confusión de términos refleja algo más de fondo: la falta de espacios donde entender no sólo cómo diseñamos lo público, sino por qué lo hacemos. Es la exploración de esta última pregunta la que ha guiado su carrera.
De la agencia de publicidad a lo público
Sofía estudió diseño gráfico pensando en terminar en una agencia publicitaria. En 2014 vio un anuncio de un laboratorio de innovación que buscaba diseñadores para la Ciudad de México y postuló por curiosidad. En el Laboratorio para la Ciudad trabajó en el eje “ciudad lúdica”, donde buscaban formas de entender y vivir la ciudad desde el juego. De ahí pasó al gobierno federal mexicano, dentro de la Estrategia Digital Nacional, rediseñando procesos internos para que ejecutar un programa fuera menos doloroso desde adentro. Entre ambas etapas hubo un paréntesis clave: una maestría en Goldsmiths, en Londres, que la hizo dejar de pensar el diseño sólo como un “saber hacer” para preguntarse por qué se diseña de cierta manera —la misma pregunta que atraviesa toda la conversación.
Bosch traza ahí una distinción regional. El Reino Unido institucionalizó el diseño público hasta volverlo parte del ADN de su administración, con figuras híbridas como el policy designer que en otros países ni siquiera existen. Estados Unidos, en cambio, está marcado por la obsesión con la eficiencia, algo que —señala sin rodeos—, le explotó en la cara con el experimento de recorte impulsado por DOGE: el afán por la hiper-eficiencia puede terminar generando lo contrario si uno hay un porqué claro que guíe el proceso como diseño público, más allá del mero recorte.
En América Latina, en cambio, ese porqué rara vez necesita explicitarse, porque los retos —movilidad, cambio climático, corrupción a nivel de calle, entre otros— se viven todos los días, lo que además hace del diseño público no tanto un ejercicio de optimización como una apuesta democratizadora.
“El porqué hacemos esto es claro: queremos que la gente tenga una mejor calidad de vida, que pueda desenvolverse como quiere, sin que el Estado genere estas barreras para que eso suceda”.
Esa lógica guía también su otra línea de trabajo, en Estados Unidos: una herramienta de IA que ayuda a familias latinas a entender documentos escolares sobre educación especial, para que puedan exigir lo que la ley ya les reconoce.
El mapa: un diagnóstico desde el territorio
Si hay un proyecto que condensa todo lo anterior —el porqué, la falta de un nombre propio, la urgencia latinoamericana— es el Mapa de Diseño Público, una iniciativa del Public Design Collective, en conjunto con UNIT.
El punto de partida fue una pregunta simple: ¿qué se sabe realmente sobre cómo se practica el diseño público en América Latina y el Caribe? Su primer instinto fue ir a la literatura existente, y lo que encontró fue una falta reveladora: mucha mención de proyectos, poca profundidad sobre métodos, y casi ningún dato sobre quiénes los llevaban adelante. La revisión también dejó ver un sesgo geográfico marcado: Chile, Brasil y Colombia concentraban casi toda la producción académica, mientras Centroamérica y el Caribe apenas aparecían. Eso convenció a Sofía de la necesidad de construir un mapa que visualice las prácticas y actores de diseño público en la región.
Para eso, el equipo invirtió la metodología habitual y construyó el mapa de abajo hacia arriba: preguntarle directamente a la gente que hace diseño público en la región. Junto a UNIT diseñaron una encuesta extensa —entre 30 y 40 minutos— para cualquier persona que se identificara con una definición amplia de diseño público, centrada en lo colectivo, lo institucional y lo sistémico, pidiéndoles describir hasta tres proyectos concretos junto con su estructura administrativa y su financiamiento.
La respuesta superó lo esperado: los resultados muestran la presencia de más de 20 países de la región, incluyendo países que casi no aparecían en la revisión de literatura inicial como Cuba, Nicaragua, El Salvador, Bolivia y Ecuador. Para Sofía, ese dato ya corrige algo importante. Señala que “América Latina, el Caribe, no es un monolito. [...] Es súper interesante también ver los matices dentro de nuestra región y ver cómo es que se utilizan los mismos métodos, pero de forma diferente”.
El equipo está en la etapa de análisis de los resultados, pero el plan de salida ya está definido: publicaciones abiertas, una base de datos pública en GitHub, bajo la premisa de que “todo es abierto y todo es para todos” y, más adelante, una visualización interactiva de red que muestre cómo se conecta el ecosistema regional.
El potencial de la región
Hacia el final de la conversación, Sofía se anima a proyectar el campo hacia adelante: si el trabajo de mapeo continúa, ¿cómo se ve el panorama del diseño público en la región en unos años? Le entusiasma el interés creciente por hacer las cosas de forma distinta para mitigar brechas socioeconómicas, culturales y raciales que siguen siendo profundas en la región. La cantidad de proyectos valiosos que ya suceden, que en su opinión solo falta documentar y visibilizar mejor, demuestran un panorama de mucho potencial para la región.
Pero se cuida de sonar ingenua: el diseño, por sí solo, puede llevar las cosas hasta cierto punto. Para que ese potencial se vuelva real, insiste, hace falta que venga acompañado de organización comunitaria y social, de voluntad política, y de nuevas alianzas con el mundo académico —incluyendo un cambio en cómo se enseña el diseño, para que quienes se forman entiendan que sus capacidades no tienen por qué limitarse a vender productos. Sin esa infraestructura de respaldo, advierte, ni el mejor mapeo ni la mejor evidencia bastan para que el diseño público eche raíces de forma duradera en las instituciones de América Latina.
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