La semana pasada lanzamos Mapa de Diseño Público en América Latina, el segundo volumen de nuestra serie Diseño Público. La publicación reúne los resultados de una investigación conjunta entre Public Design UNIT y Public Design Collective, de Northeastern University, con el apoyo del Royal College of Art.
Entre octubre y diciembre de 2025 abrimos una encuesta en español, portugués e inglés, que respondieron 127 profesionales, documentando 311 proyectos en 20 países de la región. El mapa demuestra que el diseño público está lejos de ser una práctica emergente, pero hasta ahora ha existido de forma fragmentada, a través de casos aislados, relatos individuales y experiencias que rara vez se ponen en diálogo entre sí. El Mapa de Diseño Público en Latinoamérica es el primer ejercicio que busca observar este campo en su conjunto.
Si te perdiste el lanzamiento, ya puedes ver la conversación online completa en Youtube. Moderada por Nicolás Rebolledo, socio fundador de Public Design UNIT, la conversación se inició con unas breves palabras de Bernd Fesel, director del Creative Bureaucracy Festival, seguida por Sofía Bosch Gómez, fundadora y directora del Public Design Collective e investigadora principal de este proyecto, que presentó los aspectos más relevantes de la publicación. También contamos con Andrea Apolaro, gerenta de Innovación Pública en la Intendencia de Montevideo, que nos compartió su visión desde la práctica sobre los hallazgos del Mapa y con quien tuvimos una interesante discusión respondiendo a las preguntas de la audiencia.
La convocatoria superó nuestras expectativas. 182 asistentes, que se conectaron desde más de 20 países. Nos alegramos por el número y la diversidad de asistentes, que desde distintas regiones participaron activamente con comentarios, saludos y preguntas, dando muestras de una comunidad ávida de puntos de encuentro. Les agradecemos su generosidad, y también a cada una de las personas que respondieron la encuesta: este mapa es, antes que nada, un reflejo de su trabajo.
¿Por qué mapear el diseño público en la región?
A todos los que trabajamos en innovación pública en América Latina nos resulta familiar este patrón: asume una administración, se crea una unidad, se hacen pilotos y algunos de los productos viajan más lejos de lo esperado. Luego cambia el clima político, la unidad es renombrada, desfinanciada, absorbida o cerrada sin ruido, y lo aprendido se va con las personas que dejan la institución. La siguiente administración empieza de nuevo, y así cada ciclo nos cuesta una pérdida de conocimiento y memoria institucional. Esa es la problemática clave a la que responde el mapa. Pero primero es necesario entender mejor lo que ya sabemos sobre el campo.
Cómo entendemos el diseño público
La conversación más sistemática de los últimos años sobre diseño público ha tenido lugar en el Reino Unido. En 2023, Andrew Knight y la comunidad de diseño de políticas del gobierno británico propusieron enmarcar la discusión en términos de diseño público. Lo definieron menos por sus métodos que por el equilibrio entre tres elementos: la intencionalidad de las políticas públicas, los sistemas donde esa política tiene que sobrevivir y las personas que la usan.
En 2025, el Public Design Evidence Review del Cabinet Office fue más lejos. Distinguió el diseño público del comercial, con una propuesta centrada en la generación de valor público en términos de diez condiciones habilitantes: liderazgo estable, financiamiento flexible, rendición de cuentas que permita experimentar, equipos interdisciplinarios y enfoques territoriales.
Desde Public Design UNIT, esa articulación nos resulta invaluable para hacer un diagnóstico de la situación en América Latina. Esas condiciones son exactamente lo que los profesional es de la región identifican como más frágil: el apoyo institucional y el financiamiento aparecen como los principales factores de continuidad, y el cambio político como el principal riesgo.
Este diagnóstico también permite entender una diferencia crucial: la propuesta británica presupone un Estado que funciona y una intencionalidad de las políticas públicas relativamente estable que aquí no podemos dar por sentado. Aquí la intención suele estar en disputa, el aparato es discontinuo y muchos practicantes llegan desde fuera del Estado. Por eso, en Public Design UNIT hablamos de diseño público como la práctica política, situada y colaborativa de usar el diseño —sus métodos, sus sensibilidades, su imaginación— para abordar desafíos públicos.
Política, porque el diseño público no es neutralidad técnica. Decide quién enmarca el problema y qué voces cuentan. En nuestra región esa legitimidad rara vez está dada: hay que construirla desde abajo.
Situada, porque los métodos que viajan sin una traducción apropiada fallan. Lo que funciona en Helsinki o Londres no rige igual en Bogotá o Santiago. Y no solo es situada la experiencia de la ciudadanía: también el conocimiento de quien diseña.
Colaborativa, porque ningún actor tiene por sí solo la capacidad ni la legitimidad para sostener el cambio. En América Latina, la colaboración no es solo un método: es una condición de posibilidad.
Así también es como Sofía lo plantea en el reporte: lo público del diseño público no lo define el lugar donde ocurre, sino la orientación del trabajo hacia la solución de desafíos públicos. Que 127 practicantes en 20 países se reconocieran en esta definición es, en sí mismo, un hallazgo.
Panorama del diseño público en América Latina: experiencia, memoria y propósito
Sofía abrió su presentación con la pregunta que dio origen al proyecto. Casi todo lo que sabemos del diseño público en la región viene de estudios de caso y relatos aislados. Cada uno aporta una pieza, pero faltaba una visión de conjunto. ¿Qué aparece cuando dejamos de mirar proyectos sueltos y observamos a las personas, organizaciones y prácticas que hoy conforman el campo?
Un campo con experiencia acumulada
En primer lugar, pudimos confirmar que el diseño público en América Latina no es una práctica emergente. El 81% de quienes respondieron tiene ocho o más años de experiencia profesional, y el 46% lleva ese tiempo dedicado específicamente al diseño y la innovación pública.
No se trata sólo de antigüedad: la experiencia importa porque esos años de trabajo dentro o junto al Estado enseña a moverse en organizaciones con tiempos políticos, restricciones normativas y prioridades cambiantes. Como observó Sofía, se trata de un saber adquirido que no se encuentra en manuales: en gran medida son capacidades prácticas ganadas por ensayo y error, generando confianza y valor público de manera progresiva, negociando caso a caso.
A eso se suma un arraigo territorial profundo. El 91% vive y trabaja en su país de origen. No es un dato anecdótico: quien diseña en su propio territorio no sólo conoce de primera mano la historia detrás de los conflictos, sino que además sigue viviendo con las consecuencias de lo que ayudó a construir.

El mapa también amplía la geografía conocida. Brasil, Chile, Colombia, México y Argentina concentran más del 80% de los proyectos de un solo país, pero la encuesta recogió experiencias en Bolivia, El Salvador, Costa Rica, Paraguay, Guatemala y Honduras, entre otros. Son proyectos que hasta ahora casi no estaban documentados.
No es un registro marginal, sino memoria colectiva que apuesta por ser pieza clave en el desarrollo de la práctica. Cuando lo aprendido se queda en informes internos o individuos aislados, buena parte se pierde cuando cambia el gobierno o se disuelve el equipo. Mapear es el primer paso para que cada nueva iniciativa no tenga que “inventar la rueda” una y otra vez.

Pensar desde el propósito
La visión de conjunto permite además entender que el diseño público se define mejor por su propósito que por su ubicación institucional. Durante años, la conversación sobre la práctica estuvo dominada por el modelo del laboratorio de innovación. El mapa muestra una realidad mucho más diversa.
Más que importar modelos desarrollados en otros lugares, el campo parece haber aprendido y adaptado, así como construido formas propias de ejercer el diseño respondiendo a las condiciones específicas de la región.
El llamado entonces es a pensar la diversidad de trayectorias disciplinares y particularidades territoriales desde el propósito que anima la práctica, y no por su ubicación institucional. Ese propósito puede darse en laboratorios, pero también en la sociedad civil, en universidades, incluso en el sector privado cuando esos actores se orientan al interés público. Eso implica que el trabajo no tiene que necesariamente ocurrir dentro del Estado para ser público.
Cuatro trayectorias hacia el diseño público
Una de las ideas que más resonó de la presentación fueron los cuatro perfiles de practicantes que el análisis cualitativo permitió identificar:
Disruptores: vienen del sector privado y buscan cambiar cómo el Estado aborda los problemas. Su desafío es adaptarse a una lógica institucional distinta.
Defensores: vienen de movimientos sociales y la sociedad civil. Su fortaleza es la confianza de las comunidades; su desafío, responder a la vez a la institución y a la comunidad.
Servidores: vienen del propio Estado y conocen sus procedimientos. Su desafío es mantener una mirada crítica sobre la institución.
Investigadores: vienen de la academia y producen conocimiento transferible. Su desafío es el desajuste entre lo que producen y lo que las instituciones usan.
Más que categorías cerradas, estos perfiles muestran una convergencia de motivaciones y trayectorias diversas que ya está delineando el futuro de la práctica. Son convicciones sustantivas sobre nuestros modos de convivencia que buscan una expresión concreta y articulada.
De mapear a convocar
El mapa no responde todo, y no pretende hacerlo. Deja abiertas preguntas que el evento de lanzamiento volvió a poner sobre la mesa. ¿Cómo escalar la práctica sin perder la diversidad que la hace valiosa? ¿Qué pasa con el conocimiento cuando un laboratorio desaparece o una administración termina? ¿Cómo pasamos de diseñar soluciones a instalar capacidades que sobrevivan a la intervención?
Responderlas requiere algo que hoy no existe: lugares propios de encuentro. La infraestructura de la innovación pública —festivales, revistas, centros de investigación, fondos— ha estado concentrada en ciudades como Berlín, Londres o Helsinki. El intercambio entre practicantes de la región no ocurre solo, y desde luego no va a ocurrir afuera.
En el lanzamiento, Bernd Fesel nos recordó por qué existe el Creative Bureaucracy Festival. Charles Landry y Sebastian Turner lo crearon en 2018 no para quedarse en las ideas, sino para poner en escena a quienes hacen posible el cambio y apoyar su implementación. El festival busca visibilizar las innovaciones que ya ocurren, muchas veces en silencio, dentro de las administraciones públicas. También busca desmontar la imagen de un Estado que no innova, sin dejar de reconocer que todavía puede innovar mucho más. Para Bernd, llevar el festival a América Latina junto a UNIT será uno de los hitos de su décimo aniversario, el paso con el que un movimiento ya global se hace presente en la región. Su mensaje fue directo para quienes empujan cambios desde dentro: «Si estás dando la pelea solitaria del innovador en tu burocracia, no estás solo».
La idea de una burocracia creativa como condición de una democracia más fuerte es la premisa del festival, del que Public Design UNIT es socio regional. Su primera edición latinoamericana será en Santiago en octubre de 2027. No estamos proponiendo otro seminario técnico con cuatro panelistas más, sino reunir en un mismo espacio a funcionarios, investigadores, organizadores comunitarios y alcaldes. El ecosistema del diseño público en América Latina ya está activo. El siguiente paso es conectar a quienes lo hacen posible.
Pronto tendremos más novedades de lo que se viene para CBF en América Latina. Por ahora, te invitamos a:
Explorar el mapa interactivo en disenopublico.org/mapa y leer la publicación completa, disponible aquí.
Seguirnos en nuestras redes para conocer las próximas actividades rumbo a CBF Latin America 2027.





