UNIT está construyendo el hub latinoamericano del Creative Bureaucracy Festival
En Berlín, UNIT participó en el Creative Bureaucracy Festival y consolidó una alianza para desarrollar la primera edición latinoamericana del festival en Santiago, 2027.
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En UNIT trabajamos a través de la colaboración. Nos asociamos con instituciones públicas, privadas, académicas y de la sociedad civil cuando existe una alineación real de propósito —cuando preguntas compartidas, capacidades complementarias y valores en común hacen que el trabajo sea más sólido de lo que sería en solitario. Esa no es solo la forma en que llevamos adelante nuestros proyectos; es la forma en que entendemos el diseño público en sí mismo. El diseño público rara vez pertenece a una sola organización, una sola disciplina o un solo método. Ocurre a través de instituciones y formas de conocimiento: dentro de ministerios y equipos municipales, en universidades, a través de organizaciones de la sociedad civil, en estudios creativos y en los lugares donde las comunidades y el Estado realmente se encuentran.
Esa forma de trabajar también refleja un replanteamiento del problema. Buena parte de la conversación pública sobre “modernizar el Estado” todavía se define en términos de funcionarios públicos y políticos —como algo que ocurre dentro de la maquinaria del gobierno, que se discute en un seminario, que se mide en indicadores internos. Nosotros lo vemos de otra manera. El valor público emerge cuando tres actores trabajan juntos, no de forma aislada: un Estado ágil, capaz y moderno; un sector privado sano, donde muchos actores pueden participar e innovar; y una sociedad civil activa.
El verdadero desafío de la innovación pública tiene menos que ver con generar ideas que con construir las condiciones en las que diversos actores puedan trabajar juntos en problemas públicos.
La parte difícil es que articular estos actores es genuinamente complejo. Rara vez se encuentran, piensan de forma distinta y responden a plazos diferentes. Así, el verdadero desafío de la innovación pública tiene menos que ver con generar ideas que con construir las condiciones —la confianza, el lenguaje compartido, el tejido conectivo— en las que diversos actores puedan trabajar juntos en problemas públicos. Buena parte de lo que diseñamos y construimos es exactamente eso: la infraestructura de la innovación pública —los laboratorios, métodos, programas y ahora también las convocatorias a través de las cuales el sector público reinventa su forma de trabajar. Como he escrito antes, la burocracia no es la enemiga de una vida próspera; es la infraestructura que hace posible lo colectivo, y la tarea del burócrata creativo es imaginar instituciones que puedan perdurar sin fosilizarse, y cambiar sin perder su identidad.
Esa convicción es la razón por la que estuvimos en Berlín este junio para el Creative Bureaucracy Festival, y es la razón por la que ahora asumimos un compromiso mayor: UNIT es el socio regional de CBF LATAM, la primera edición latinoamericana del festival, que se realizará en Santiago de Chile en 2027. Este artículo es un intento de explicar qué hicimos en Berlín, qué aprendimos, y por qué creemos que la región necesita esta plataforma ahora.
El espíritu del festival: por qué una burocracia creativa, y por qué ahora
El tema de este año fue burocracia creativa, democracia más fuerte, y la apertura del festival dejó claro que no es solo un eslogan vacío. Charles Landry, cofundador de CBF, comenzó con un recuerdo personal: hace noventa años su padre abordó un tren para salir de Berlín, huyendo de una democracia que se derrumbaba. La democracia, nos recordó, no colapsa solo en los parlamentos o en las calles. También colapsa cuando las instituciones pierden la conexión con las personas a quienes deben servir, cuando las normas dejan de proteger y comienzan a intimidar, cuando las administraciones sirven al poder en lugar de la dignidad humana. Hoy, apenas un tercio de los ciudadanos de los países de la OCDE confía en su gobierno nacional, y cuando la confianza se erosiona, la gente empieza a buscar en otra parte: manifestaciones de rabia o descontento en lugar de posibles respuestas, soluciones fáciles en lugar de responder a problemas complejos. Por eso una burocracia creativa —una que puede decir "sí, si"; que renueva la confianza a través de la competencia, la imaginación y el cuidado— es, en sus palabras, una necesidad democrática, no un ejercicio de astucia administrativa.
El expresidente griego George Papandreou, también en la apertura del festival, planteó la misma idea desde otra perspectiva. Para los antiguos atenienses, dijo, la política fue casi una revelación: el descubrimiento de que una comunidad no necesita un tirano para decidir su futuro —que las personas pueden imaginar un futuro mejor y hacerlo realidad en conjunto. La burocracia creativa, vista así, puede entenderse como una recuperación de la imaginación en la gobiernanza. La lección, tal como la reciente crisis griega nos recordó dolorosamente, es sorprendentemente simple: no lanzar soluciones a la gente, sino permitirles ser co-creadores de su futuro. La burocracia, insistió, es precisamente el lugar donde la democracia se vuelve real —o donde fracasa. Cuando los permisos tardan años o los servicios colapsan, las personas no solo pierden la fe en una institución específica; pierden la fe en la idea de que un gobierno democrático pueda generar valor público.
Fuimos a Berlín porque compartimos esta convicción. Todo lo que hace UNIT parte de ahí.
Qué hicimos en Berlín
Nuestra participación en el festival sigue un hilo conductor —desde la práctica internacional, a nuestra propia región, hacia cómo aprende el campo, y a las ciudades y culturas donde todo esto realmente se despliega.
Primero, una reflexión sobre la práctica internacional: fuimos invitados a contribuir al informe global del festival, Creative Bureaucracy: Where Next and How?, editado por Charles Landry y Sebastian Turner, que reúne voces de toda la industria —entre ellas Geoff Mulgan, Mariana Mazzucato, Christian Bason, Indy Johar y Piret Tõnurist. Junto al CEO de UNIT, Juan Felipe López, escribimos un capítulo: “Remaking Public Innovation Practice: Three Shifts”. Ahí argumentamos que el contexto donde trabajamos se ha movido más rápido que nuestros métodos, a lo largo de tres ejes: un cambio tecnológico, en la medida en que la IA reestructura el propio proceso creativo; un cambio cultural, en la medida en que un conjunto de herramientas, nacido principalmente en el Norte Global, se encuentra en contextos para los que nunca fue diseñado y por tanto debe ser re-situado; y finalmente un cambio político, en el que la deliberación democrática no es una fricción que debe ser evitada, es precisamente lo que legitima la innovación.
Ese último punto es nuestro hilo conductor: creemos en una respuesta democrática a la innovación pública, no en un atajo tecnocrático que la rodee. La burocracia creativa, en nuestra mirada, es la práctica de mantener en movimiento el músculo democrático de una sociedad.
Esas ideas se enriquecieron posteriormente con mi rol en el jurado internacional del festival. Revisar las postulaciones de funcionarios públicos, diseñadores e innovadores públicos de todo el mundo es un punto de observación poco común: se ve, en forma comprimida, lo que las personas dentro de las instituciones realmente intentan hacer. Lo que más me llamó la atención fue cuán familiares eran las dificultades en contextos tan distintos, y cómo rara vez quienes las enfrentan tienen la oportunidad de comparar notas. Los tres cambios sobre los que habíamos escrito no eran abstracciones; aparecían, con distintos acentos, caso tras caso.
Segundo, un esfuerzo por ver con claridad nuestra propia región: realizamos una demostración del primer mapa del diseño público latinoamericano. Construido junto al Public Design Collective de Northeastern University y el Royal College of Art, el Mapa de Diseño Publico documenta quién practica el diseño público en la región, desde qué posiciones institucionales, con qué métodos, y frente a qué desafíos. Durante la primera fase, entre octubre y diciembre de 2025, participaron 127 profesionales en 20 países, en español, inglés y portugués, que reportaron 311 proyectos que involucran a 271 instituciones.
El mapa no creó un campo; lo hizo visible —y confirmó una idea simple pero importante: América Latina ya tiene un ecosistema de diseño público activo e innovador. Su problema no es la falta de práctica, sino la dispersión. El conocimiento queda atrapado dentro de los equipos, los proyectos dependen de ventanas políticas, y los profesionales enfrentan los mismos desafíos sin saber quién más está trabajando en ellos.
Tercero, una pregunta sobre el aprendizaje: participamos en un panel de conversación tipo “pecera” sobre formación en el sector público. Esto está muy cerca de nuestro núcleo, y produjo quizás el cambio de pensamiento más relevante que me llevé del Festival. Mi contribución al panel fue sobre una convicción: esto no se trata realmente de capacitación, sino de aprendizaje. Mi intervención principal propuso la necesidad de mover la conversación desde los contenidos hacia quienes aprenden. Durante años el campo ha preguntado qué currículo entregar, qué herramientas enseñar, qué competencias certificar —buscábamos una respuesta solo desde nuestra perspectiva.
Ahora estamos viendo el valor del punto de partida alternativo: quién es quien aprende, qué necesita realmente, y qué tipo de condiciones tendrá que tolerar ese aprendizaje de vuelta en un entorno burocrático que quizás no está preparado. Enmarcado así, las prioridades cambian. Se diseña tanto para la identidad como para la habilidad, para comunidades de práctica más que para cursos aislados, y para el difícil “reingreso” de una persona a la institución —tomando en serio que las teorías importadas desde otros lugares deben traducirse a las realidades locales para sobrevivir.
Cuarto, un recordatorio de que esto ocurre en ciudades y culturas, no solo dentro de instituciones: lideramos una charla magistral sobre ciudades creativas. Trinidad Zaldívar se unió a nuestro equipo para construir CBF LATAM, y fue en ese rol que subió al escenario en Berlín. Ex-jefa de la Unidad de Creatividad y Cultura del Banco Interamericano de Desarrollo, es una de las voces líderes de la región en economía creativa como motor de valor público.
Su argumento resuena con todo lo anterior: América Latina no tiene escasez de talento creativo —tiene escasez de músculo burocrático. Los mecanismos de compra pública, los instrumentos de financiamiento y la coordinación interdepartamental dentro de los municipios no han seguido el ritmo de la producción creativa que la región genera. Así que ella invirtió la pregunta habitual: en lugar de preguntar si los gobiernos locales pueden apoyar a la economía creativa, preguntó si la economía creativa puede hacer que los propios gobiernos sean más adaptables, más humanos, más capaces de resolver problemas que las planillas de cálculo no pueden. Eso es la burocracia creativa en su forma más concreta.

Por qué un festival latinoamericano —y cómo tiene que funcionar
La infraestructura de la innovación pública —los encuentros, redes y puntos de referencia que moldean la conversación global— ha estado concentrada por mucho tiempo en el Norte Global. Berlín, Londres, Helsinki. América Latina aparece en esa conversación, pero sus profesionales rara vez cuentan con una plataforma regional construida desde sus propias condiciones. Estar en nuestro stand en Berlín, viendo a personas de otros continentes reconocer sus propias preguntas en nuestros datos, hizo imposible ignorar esa brecha.
Así, la lógica de CBF LATAM es un paso de mapear a convocar. Mientras el mapa ofrece los primeros pasos hacia un relato compartido del campo, el festival produce un punto de encuentro donde distintos enfoques pueden compararse, construyendo confianza a través de una mejor comprensión de las similitudes y diferencias. Nuestra apuesta es que el formato es tan importante como el contenido: no puede ser otro seminario sobre modernización del Estado con cuatro panelistas y una presentación de diapositivas. Siguiendo el ejemplo de su contraparte alemana, donde esta conversación lleva casi una década desarrollándose, es crucial fomentar un cruce de audiencias que normalmente no comparten una sala —funcionarios públicos, investigadores, emprendedores, organizadores comunitarios, alcaldes—, sacando el futuro del Estado del recinto técnico y llevándolo a un espacio accesible, público, incluso disfrutable, donde las personas puedan realmente participar.
Dos compromisos guían cómo lo estamos construyendo. Primero, un fuerte foco en los gobiernos locales —las ciudades y municipios son donde los servicios públicos se experimentan de manera más directa, y donde la confianza entre las personas y las instituciones puede reconstruirse. Segundo, esto no es un evento de un día ni un producto de UNIT; es una plataforma que se despliega durante todo el año y, en última instancia, un bien público —una infraestructura regional compartida que muchos actores ayudan a construir y a usar. Por eso nos estamos asociando con la red global de Creative Bureaucracy, junto a colaboradores como Trinidad Zaldívar.
Las contribuciones de UNIT en Berlín fueron, en realidad, cuatro preguntas abiertas que seguiremos explorando en CBF LATAM: ¿Cómo dialoga nuestra práctica regional con la práctica internacional? ¿Dónde, exactamente, está ocurriendo ya el diseño público en América Latina, y qué necesitan sus profesionales para seguir aprendiendo? ¿Y qué cambia en nuestra comprensión de la práctica cuando incorporamos las ciudades y culturas particulares donde todo esto se despliega? Un festival no es un lugar que responde esas preguntas de una vez y para siempre. Es un lugar que las abre, en público y en conjunto, y las mantiene abiertas. Eso es, en el fondo, lo que estamos invitando a la región a hacer.
América Latina ya tiene a los profesionales, los proyectos y los métodos. Lo que ha faltado es el tejido conectivo que permita que el conocimiento circule entre ámbitos, instituciones y fronteras.
Mapear fue el comienzo, convocar es el siguiente paso. Es la forma práctica que toma nuestra convicción: que las instituciones públicas más fuertes se construyen en conjunto, y que una burocracia más creativa es, finalmente, un camino hacia una democracia más fuerte.
Santiago de Chile, 2027. Nos vemos ahí.
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